Educación: miedo a la libertad, miedo al debate

Articulo publicado en El Diario de Ávila (17 de diciembre 2007)

En éstos días se ha conocido el caso de un matrimonio, padres de cuatro hijos, que han sido acusados ante los tribunales por no escolarizarlos. El matrimonio afirma que no están de acuerdo con el sistema educativo español que les obligaba, entre otras cosas, a que los niños acudieran a distintas escuelas. Ambos son profesores de inglés y han diseñado un plan de estudios en el que cuentan con la contratación de distintos profesionales. En ningún caso rehuyen que sus hijos sean evaluados para conocer su grado de aprendizaje y desarrollo.

Lejos de ser un caso anecdótico, se trata de algo muy serio y profundo que afecta al derecho fundamental de los padres a educar a sus hijos de acuerdo a sus convicciones, así como al papel subsidiario del Estado y demás instancias educativas.

El sistema político ha decidido en una gran mayoría de países, que la escolarización sea obligatoria y que ésta se realice en centros educativos. Quienes esto defienden, también hablan sobre el derecho a recibir una educación de calidad y de garantizar los medios para el éxito escolar.

Se trata, en cualquier caso, de una decisión que tiene tintes políticos, ideológicos, económicos o prácticos. No hay ningún estudio que asegure que la educación en escuelas sea mejor que la educación en el hogar. Lo que sí es un hecho irrefutable es el aumento constante del fracaso escolar en los centros educativos, especialmente en los públicos, con cifras que se acercan al treinta por ciento.

Mi pregunta es: ¿Cuál es el objetivo de las leyes de educación? ¿que los niños estén recogidos en un ámbito concreto o que sean educados con calidad?.

Lo que los anglosajones denominan “homeschooling” gana adeptos poco a poco. Se trata de un sistema de escolarización en casa que requiere un mayor protagonismo y dedicación de los padres. Profundizando más ¿Hay que aceptar como norma que el gobierno de turno decida las materias de estudio?, ¿Porqué aceptar que prácticamente desaparezcan, por ejemplo, las materias de humanidades?.

Es cierto que hay quienes defienden el sistema tradicional de escolarización cómo único medio para que los niños aprendan a relacionarse y socializarse. ¿Es esto así? ¿No existen otros medios para que el niño se relacione con sus semejantes?. Todas estas preguntas las planteo no como una manera de defender el “homeschooling”, sino porque considero que no hay un debate serio y profundo sobre la educación. Una Nación con unos índices tan escandalosos de fracaso debiera abrir un debate amplio, sosegado y práctico sobre la enseñanza.

En el caso que citaba al principio, ¿álguien ha comprobado si los niños tienen problemas psicológicos o de aprendizaje?, ¿sufren algún trastorno por ser su hogar la escuela a la que acuden?, ¿cuál es su rendimiento intelectual?, ¿tienen problemas para relacionarse con los demás?.

Si no manifiestan problemas, si avanzan en su formación, si se relacionan con normalidad, ¿que motivos reales hay para que su casa no sea el lugar dónde aprenden y se forman?.

El actual sistema educativo permite muy pocos movimientos fuera de lo políticamente correcto y establecido. Otro caso que se rige por prejuicios ideológicos y no por criterios pedagógicos es el de la educación diferenciada. Se trata de un tema que afecta, en España, a miles de familias que ven cómo desde las administraciones públicas se dificulta  que puedan elegir el tipo de educación que quieren para sus hijos.

Nadie puede afirmar con rotundidad, con criterios pedagógicos, que la coeducación sea mejor que la educación diferenciada. Por contra, cada vez hay más estudios que alaban las bondades de que niños y niñas, en determinadas etapas, acudan por separado a las aulas. ¿Porqué impedir que los padres, en el uso de sus derechos fundamentales, elijan que tipo de educación consideran mejor para sus hijos?.

Los defensores de la coeducación aducen criterios de igualdad entre hombres y mujeres, un argumento que, desde mi punto de vista, no se sostiene. Lo entendería si los niños estudiaran unas asignaturas y las niñas otras, si a los niños se les preparara para ser astronautas y a las niñas para coser calcetines.

El fondo de la cuestión es de tipo político, económico y de organización. Político, porque sólo desde concepciones intervencionistas se puede defender la imposición de determinados esquemas educativos. Económico y de organización, porque la coeducación es más cómoda y permite optimizar gastos.

Al final es una cuestión de temor a la libertad que tememos todos. Los poderosos porque no es cómodo que los ciudadanos se den cuenta de que hay otras formas de vida y organización, que asuman que el papel del Estado es subsidiario. Los ciudadanos, porque vivir en libertad supone asumir responsabilidades, y resulta más cómodo que se nos den las cosas hechas.

Lo razonable sería que se garantizara a los padres que puedan educar a sus hijos de acuerdo a lo que crean mejor para ellos. En los colegios, en casa, con coeducación o con educación diferenciada. La única misión del  Estado es garantizar que todos tiene derecho a una enseñanza de calidad y eso, hoy por hoy, con este sistema tradicional, cerrado e impuesto, no se cumple.

Merece la pena abrir un auténtico debate en el que, olvidando ideologías y prejuicios, se busque con honradez y honestidad el bien común.

Aníbal Cuevas

Autor del libro “Más allá del sí, te quiero”

Miembro The Family Watch

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