Diagnóstico del matrimonio (y III)

Reconozco que me he metido en un buen barrizal. Intentar diagnosticar los motivos de la crisis del matrimonio y la familia en unos breves comentarios se me antoja una temeridad y una osadía por mi parte. De todas maneras pienso que hay ideas que son clave para llegar al fondo de la cuestión e intentar ver un poco de luz. Espero que les sean útiles a algún lector.

Pensemos qué es lo que caracteriza al matrimonio y la familia, no pensemos en matrimonios o familias concretas y conocidos sino en la idea, el concepto. El matrimonio y la familia es aquel lugar donde alguien nos espera más allá de fracasos y temores humanos. Como ya he repetido en otras ocasiones en Ser Audaces, en la familia somos queridos y aceptados independientemente de lo que hagamos o seamos. Somos queridos y queremos de manera incondicional y es ahí dónde experimentamos lo liberador y grande que es el amor verdadero. Nadie nos ama y acepta como el cónyuge (recuerda: prometo amarte en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida), nuestros padres o nuestros hijos.

Las estadísticas muestran un año tras otro que la gran mayoría de personas situan la familia como lo más querido, lo que les hace más felices. Pongan en el buscador de google las palabras “encuesta familia y felicidad” y verán el resultado.

Pero es que, independientemente de encuestas, la familia constituye el lugar ideal para que se den elementos tan fundamentales de la vida humana como son la fidelidad, la disponibilidad y la confianza. Quienes mejor pueden educar a los hijos son los padres, y no porque estén mejor o peor preparados sino porque les aman de manera incondicional. La base que necesita el ser humano para crecer y desarrollarse es la seguridad de saberse aceptado, querido y exigido.

La unión y el amor incondicional de un hombre y una mujer es tan fuerte que genera vida y no hay nada que de tanta seguridad como el saber que existes por amor, que no eres un verso suelto, que no apareciste de repente. Es cierto que hay personas que no han experimentado esto, pero se puede afirmar sin duda que el corazón humano lo añora.

Lo fundamental en el matrimonio son el compromiso, la entrega, el amor, la relación de personas. Asuntos como los roles de marido y mujer, trabajar en casa o fuera y tantos etceteras son aspectos coyunturales que no afectan al fundamento y que, de hecho, varian con el tiempo. Lo que nunca cambia es lo radical: el amor y la entrega al otro.

El origen de los fracasos matrimoniales, de la violencia doméstica, de los desencuentros, del bajo número de niños y de tantas otras calamidades no está en lo coyuntural sino en la dificultad del hombre actual para establecer relaciones personales y estables.

El diagnóstico sobre la enfermedad que afecta al matrimonio y la familia se sitúa en el ámbito personal, lo que Charles Taylor ha denominado individualismo atomista. Es este virus el causante de la enfermedad, y los síntomas los mencionados en el parrafo anterior.

Sólo rompiendo el caparazón del individualismo existe una posibilidad real de responder para poder así curar la enfermedad. Es necesaria una apertura a la verdad original que nos aporta la relación con otras personas. Es fundamental “volver en sí” y fomentar la esperanza de que existe un lugar donde identificarse como hijo y no como siervo al que se le valora por una simple función que realiza.

Muchas de las ideas que he expuesto son fruto de la lectura y meditación de un libro que considero fundamental para el tema tratado, “El corazón de la familia” del profesor Juan José Pérez-Soba.

Pienso que la cura de la enfermedad pasa por creer que lo mejor es posible y que está por llegar, que no todo vale lo mismo y que merece la pena darse por amor.

Finalizo los tres posts que he escrito esta semana sobre “diagnóstico del matrimonio” con un recuerdo de Juan Pablo II que el profesor Pérez-Soba cita al principio de su libro:  “entonces, con un murmullo que podía ser un pensar en voz baja o mejor un coloquio contemplativo con Dios, el Santo Padre dijo: la tragedia del hombre de hoy es que se ha olvidado de quién es: ya no sabe más quién es”

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2 comentarios

  1. Pedro Cubero

     /  2 febrero, 2008

    Señor Cuevas, su diagnóstico no se aparta de la naturaleza de los problemas que como sociedad nos afectan… tanto.
    Ahondando en su planteamiento, creo que es ese repelús que le da al hombre de hoy lo incondicional; todo ha de permanecer cogido con alfileres. Y claro, así es muy complicado hacer familia. Demasiada arena usada como cimiento… ¿no cree? Gracias por su diligencia en la publicación. ¡Muchos ánimos!

    Responder
  2. Anibal

     /  3 febrero, 2008

    Efectivamente es así. Yo creo que en el fondo hay miedo al compromiso y a la autoexigencia porque el hombre moderno no tiene confianza en si mismo. Tiene la sensación de ser una pieza suelta.

    Responder

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