El escándalo de defender la indisolubilidad del matrimonio

Las relaciones familiares son múltiples: esposos, hijos, hermanos ….. Parece una obviedad afirmar que no se puede dejar de ser hijos ni hermanos, no existe la posibilidad de romper esos vínculos. Se puede dejar de hablar o de tratar a un hermano pero no se puede dejar de ser hermano. Es algo que nadie discute. Y sin embargo el vínculo familiar originario de estas relaciones: el matrimonio; es continuamente puesto en solfa. Al hombre contemporáneo le resulta muy difícil entender que este sea, como las demás relaciones familiares, indisoluble.

Existe una diferencia clara entre el origen de la conyugalidad y la filiación o la fraternidad. Mientras estas son impuestas, nadie elige a su hijo o a su hermano; el matrimonio se fundamenta en un acto libre, en la elección de una persona. ¿Bastaría esta diferencia de origen para justificar la posibilidad de ruptura? Creo que no. Vayamos al origen del matrimonio.

Para algunos el matrimonio es simplemente una realidad legal, un contrato libremente firmado por dos personas. Por lo tanto sujeto a ruptura de mutuo acuerdo. En esta realidad sería el estado quien regula las leyes del matrimonio, hace y deshace, decide lo que es matrimonio y lo que no.

Para otros se trata simplemente de una relación afectiva, y como tal “regulada” por los sentimientos. En consecuencia una relación “débil”.

Desde el punto de vista de las dos visiones anteriores se podría justificar que el matrimonio fuera reversible si cesa la voluntad de mantener el contrato o cambian los sentimientos.

¿Porqué entonces algunos se empeñan en defender la indisolubilidad del matrimonio? Quizás porque entienden que en el análisis anterior faltan elementos, y elementos esenciales. Leí hace algún tiempo que el matrimonio se asemeja a un espejo roto en el que lo reflejado permite intuir la imagen originaria pero no la realidad. Algo similar ocurre con el matrimonio ¿contrato? ¿sentimientos? sí, y algo más. Y todo formando una unidad.

El amor conyugal supone la entrega incondicional al otro más allá de contratos y sentimientos. Sí, el sentimiento y los afectos mueven a casarse. Sí, el compromiso se refleja en un contrato. Sin embargo el matrimonio va un paso más allá: se fundamenta en la entrega y aceptación incondicional de la vida, y del cuerpo, de los contrayentes en un acto de total y absoluta libertad.

En un contrato no se entregan las personas, éstas no se ven afectadas en su constitución. Tampoco parece lógico entregar la libertad y la vida por un mero impulso sentimental. Darse al otro implica renunciar a la propia libertad, no pertenecerse ya más.

Las relaciones familiares, todas, afectan a la esencia del ser de las personas. Se es marido o mujer, se es hijo o hermano.

De esta manera la indisolubilidad del matrimonio se integra en una lógica aplastante que se ve cuarteada por un modo de pensar fraccionado y relativista. En una sociedad acostumbrada a adaptar las realidades a los propios intereses, entiendo que resulta un escándalo reivindicar la indisolubilidad del matrimonio.

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