Conversaciones de matrimonio

Hace un par de semanas moderé un caso matrimonial en un curso de #FamilyEnrichment. El tema era muy sugerente: compenetración matrimonial. Los protagonistas discutían con frecuencia, se hablaban con poco cariño y parecían sentirse siempre atacados por el otro. En esta situación pregunté a los asistentes ¿que pensáis que pueden hacer? La respuesta fue unánime: Tienen que hablar.

Claro, les contesté, lo que ocurre es que ya hablan y mirar como lo hacen. Si solo les decimos que tienen que hablar seguirán haciendo lo mismo y esto irá a peor. Tienen que tratarse con respeto y cariño contestó alguien. Es una buena idea, ¿pero como lo llevan a la práctica? No es nada fácil cambiar hábitos y maneras de comunicarse, es bastante complicado.

Tienen que conseguir remar en la misma dirección, tener un proyecto común comentó alguien. ¡Bingo! contesté. Si para uno lo más importante es abastecer económicamente a la familia y para el otro su centro es la dedicación a los hijos, tenemos dos buenas personas que se quieren pero que no comparten lo fundamental. Las dos ideas son buenas, pero les enfrentan y generan tensión. Cada uno considera que lo primordial es lo que ellos piensan. Necesitan alinearse y marcar un objetivo común.

Existen diversos factores que entorpecen, cuando no impiden, la comunicación entre las personas y en particular en el matrimonio: por un lado las prisas, por otro la materia de la que se habla y fundamentalmente ponerse uno mismo en el centro.

Las relaciones humanas se caracterizan porque necesitan un tempo lento, como los ricos cocidos que precisan horas de lumbre; ¡claro que se pueden hacer en el microondas en poco tiempo! pero no saben igual. No es lo mismo hablar mirándose a los ojos y dándole tiempo al otro que a salto de mata y siempre con la cabeza en lo siguiente por hacer.

Una buena conversación necesita ser preparada, querida, deseada. No surge de manera espontanea, sobre la marcha. Si se hace así seguramente diremos lo primero que se nos ocurra ¡ay las ocurrencias! ¡que peligro tienen!

¿Para qué quiero hablar con mi cónyuge? ¿Para arreglar un problema? ¿Para imponer mi voluntad? ¿Para recriminarle algo? ¿Para comentar temas de actualidad? ¿Para cuando dejamos compartir nuestros anhelos más profundos? ¿Cuando hablamos de nosotros, de nuestro amor, de nuestra fe? ¿Perdemos el tiempo juntos?

Necesitamos convertir nuestro corazón cada día. Por muy bien que nos vaya en el matrimonio la naturaleza humana nos empuja al egoísmo, a lo mío, a lo que yo necesito o siento. El amor precisa que nos centremos en el otro, en lo que necesita y siente; salir de una lógica fría que prima la eficacia y la solución de problemas y entrar en una lógica misteriosa de amor en la que importas tú.

Una buena comunicación en el matrimonio requiere ternura, cariño, mirarse, tocarse, estar dispuesto a ceder, esperanza y confianza, recordarse las promesas matrimoniales, emocionarse juntos, vibrar; y sobre todo luchar consigo mismo cada día para ser más generosos, menos soberbios, más entregados. En resumen, más felices.

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