Tres preguntas para saber si has madurado

Durante la adolescencia se dan una serie de comportamientos que están muy relacionados, por un lado con la inmadurez de la persona adolescente, y por otro con la fuerza con la que actúa la afectividad en todo ser humano.
La valoración afectiva de la realidad es, en todo ser humano, mucho más rápida que la racional; eso hace que el comportamiento de las personas inmaduras sea en muchas ocasiones tan poco racional. No son capaces de neutralizar y equilibrar ambas dimensiones.
La madurez humana se alcanza cuando se es capaz de atenuar los movimientos afectivos, los sentimientos, las pasiones y las emociones. El quid no es anularlos o reprimirlos sino atenuarlos, dejarles su espacio pero no permitir que sean dueños.
A grandes rasgos, el inmaduro permite la supremacía de lo apetecible sobre lo razonable, de la experiencia sobre el saber, de la imaginación sobre la lógica, del sentimiento sobre la inteligencia.
El inmaduro rechaza la autoridad ya que la ve como una imposición. Alaba la espontaneidad y lo confunde con “lo auténtico”. El narcisismo también tiene su nido en el inmaduro, esto hace que todo gire en torno al autoexamen, la introspección, lo que los demás piensan de mí. Todo para el inmaduro es lúdico y pasa por la satisfacción inmediata.
Escribo estas ideas mientras preparo una conferencia sobre la educación de la sexualidad en el adolescente. Me pregunto si este comportamiento inmaduro, lógico en el adolescente; no se da con demasiada frecuencia en personas que por su edad, debieran mostrar un comportamiento más equilibrado y racional.
Acabo con las tres preguntas anunciadas:
¿Eres capaz de actuar en contra de lo que te apetece haciendo caso a la razón?
¿Crees que la espontaneidad es lo autentico y que actuar de acuerdo a lo razonable es hacer teatro?
¿Rechazas lo “convencional” y cree que lo que más vale es lo último?

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Ideas para disfrutar de una vida equilibrada

Es fácil experimentar que la felicidad y la plenitud tienen mucho en común con la armonía, el equilibrio y la madurez. Por contra cuando gobiernan la vida el capricho, los sentimientos exagerados o el mal carácter, las personas no se encuentran a gusto ni consigo mismos ni con el mundo. Resulta entonces difícil disfrutar de paz y ser feliz. Es cierto que en esta realidad de los sentimientos y de la afectividad hay una cierta base heredada, sin embargo es mucho lo que la educación puede hacer. Resulta necesario que la educación contemple la formación de la afectividad.

El núcleo gordiano de la educación consiste en encontrar el equilibrio entre lo que pide la afectividad: el placer y el bienestar; y lo que dicta la razón: el bien. Como ambas no suelen coincidir la lucha está servida entre lo que apetece hacer y lo que se debe hacer. Valga como ejemplo el del estudiante que sabe que debe estudiar pero al que apetece salir con los amigos o jugar con la videoconsola.

Una buena educación pasa por colocar en su lugar la afectividad: conseguir que esta sea activada y dirigida por la voluntad (guía a tu corazón, no te dejes llevar por él). Actuar de esta manera resulta difícil ya que ante una disyuntiva la valoración de la afectividad es más rápida y fuerte que la racional. Los movimientos afectivos necesitan gobierno y moderación.

¿Qué hacer para conseguir este orden y equilibrio entre afectividad y racionalidad? La batalla se mantiene cada día y sólo se gana en lo pequeño. Son los pequeños vencimientos diarios los que ordenan la cabeza y el corazón. Por ejemplo venciendo la pereza a la hora de levantarse de la cama o cumpliendo un horario de estudio.

Otras ideas que ayudan a mantener ese equilibrio pueden ser:

– un ritmo alimenticio adecuado: comer a determinadas horas y no cuando el estomago quiere

– alternar durante el día momentos de cansancio con otros de descanso

– dormir las horas adecuadas a la edad: acostarse y levantarse a horas previstas y razonables

– realizar actividad física que siempre supone un mayor o menor esfuerzo y vencimiento

La idea es que el mapa final sea este: la racionalidad tiene el poder político, la afectividad se deja gobernar y el cuerpo se resigna y ofrece una menor resistencia. Para que esto ocurra hay que mantener pequeñas luchas cada día en un ambiente familiar alegre y optimista.

El amor no es sólo asunto del corazón

La sabiduría no es mero conocimiento sino que se caracteriza por integrar la realidad, ve o intuye la totalidad y rechaza la parcelación. Quizás por el exceso de información, por los prejuicios ideológicos o porque la sabiduría es exigente, no es esta algo característico de nuestro tiempo. Al pensar el amor hombre-mujer se tiende a separar el amor en compartimentos estancos: sentimientos, pasión, compromiso, deberes ….. sin considerar que forman una unidad armónica. El amor conyugal engloba todas las dimensiones, no son partes separables sino un todo que se retroalimenta.

Twiteé la semana pasada que amor verdadero no se puede fundamentar en las emociones o en sentir hormigueo en el estomago, sería un cimiento demasiado débil. Sin embargo es no sólo bueno, sino conveniente recrear esa dimensión del amor. El amor-sentimiento (enamoramiento) se puede fomentar con el amor-voluntad y viceversa. Con pequeños detalles de renuncia a la propia comodidad, a las manías, a ciertos planes o a la propia opinión.

Las pequeñeces de generosidad y desprendimiento alimentan las emociones y el enamoramiento.

Según se afirma en el vídeo, en el enamoramiento, tras el impulso emocional del inicio, se ponen en marcha los circuitos cerebrales de la confianza para consolidar el vínculo amoroso, y se silencian específicamente las áreas que crean distancias, aquellas que se activan en estados depresivos o de tristeza.

Sabiendo esto es más fácil vivir un amor inteligente e integrador. ¡Claro que es posible un amor para siempre si le guía la sabiduría de saber que el amor es sentimiento, inteligencia y voluntad. Maravilloso círculo virtuoso!

@anibal_cuevas

Diez tonterías para casados

Sin duda, los buenos sentimientos proporcionan una sensación de felicidad y equilibrio que todos anhelamos. En esta linea, es más inteligente moverlos que ser movidos por ellos. “No te dejes llevar por tu corazón, guíalo” es un sabio consejo.

Hoy quería compartir diez tonterías que pueden ser útiles para cuidar y mimar nuestro matrimonio. Nos ayudarán a guiar nuestro corazón y hacer crecer el amor verdadero.

1. Lucha con tu carácter, no permitas que te intoxiquen el pesimismo y el victimísmo. Son el peor virus para el amor.
2. Demuestrale con detalles concretos delicadeza y educación. El amor es educado. Por ejemplo cediendo el asiento, abriendo la puerta y cediendo el paso a la vez que sonríes.
3. Prepara el café como sabes que le gusta. Demostrarás amor tanto al prepararlo como al conocer sus gustos.
4. Ten algún detalle material, un pequeño regalo, de vez en cuando. Para acertar, deberás estar pendiente de sus gustos y comentarios.
5. Envía algún mensaje positivo cada día, del tipo tengo ganas de verte, etc…
6. No conviertas a tu cónyuge en el centro de tus frustraciones y decepciones. Se pueden compartir los malos momentos sin ser cenizo, haciéndolo en un ambiente positivo y compartiendo también esperanzas. El victimísmo machaca la relación.
7. Cuando cedas en algo, hazlo por amor, no lo eches en cara y olvídalo. No lo guardes en el “baúl de los recuerdos” listo para saltar en cualquier momento.
8. Cuida tu aspecto físico, tu arreglo y ropa para agradar a tu pareja. Hacerlo refleja interés en la persona y en la relación. La dejadez lleva al aburrimiento y la monotonía.
9. Haz de las relaciones intimas, una continuación de los deseos que durante el día has procurado poner en práctica para hacer feliz a tu cónyuge
10. No olvides que sólo se ama amando y que el amor verdadero está en lo pequeño. No esperes momentos heroicos para demostrarlo, no llegarán. Y si llegan, no estarás preparado.

¿Qué hacer con tanto corazón “partío”?

Las declaraciones de José Ignacio Munilla en las que reflexiona sobre el origen del sufrimiento de tantos jóvenes pienso que van a la raiz de la cuestión. En ellas se refiere a la importancia que tienen la educación de la afectividad y la inteligencia en la maduración y equilibrio de la persona, situación a la que debe llegar toda persona al alcanzar la edad adulta y que tiene su origen en la infancia y continuación en la niñez, la adolescencia y la juventud.

En todas estas etapas los hijos necesitan tanto el cariño y la exigencia de los padres, como un ambiente familiar estable. Cuando ambos van unidos, los jóvenes crecen seguros en sus inseguridades, son capaces de asumir responsabilidades, no esperan que se les de todo hecho, valoran lo que tienen y su vida no está basada en el derecho a todo, se saben queridos y aprenden a darse a los demás, encuentran sentido a renunciar a sí mismos. Lo normal es que sean felices y dispongan de las herramientas para afrontar la vida.

Y junto a la educación del corazón hay que procurar la formación de la inteligencia, la búsqueda honrada y razonada de la verdad y el bien, que les lleve a la formación de sus propias ideas.

Pienso que sobre estos dos quicios gira el éxito o fracaso de la educación y en ello es crucial el papel de los padres. Por eso todo lo relativo a la educación pasa tanto por procurar familias estables en las que los padres asuman su papel y responsabilidad, como por el apoyo de la sociedad a esa tarea de los padres como primeros educadores. Si no se hace así de poco servirán los esfuerzos para dedicar más recursos materiales a las escuelas.

La responsabilidad de los padres es muy grande, pero es que traer un hijo al mundo es algo muy, muy serio.

Tres ideas para tener un buen matrimonio

Pretender reducir el éxito del matrimonio a tres ideas es como poco, una ingenuidad. Sin embargo pocas ideas, si son nucleares sí que pueden inspirar y ser útiles. Esa es mi idea de hoy.
La primera y fundamental es creer realmente que el matrimonio es para toda la vida. Comenzar algo tan comprometido pensando que tiene fecha de caducidad supone bajar el nivel, rendirse antes de comenzar, pretender vivir de las rentas del noviazgo ….. Nuestra limitación es que no estamos acostumbrados a “quemar las naves”, todo en la vida actual es reversible. Obviamente esto nos lleva a un tema crucial, no casarse con cualquiera. Saber elegir, estar unidos por algo más que los afectos. “Quemar las naves” los dos.
La siguiente idea es creerse que es posible el matrimonio para siempre. Que no es sólo una teoría bonita, sino una meta alcanzable. Me parece fundamental tener una visión positiva de la vida, esa visión será la que alimente el día a día, la que ayudará a superar las dificultades.
Y por último, enamorarse cada día. Sorprenderse ante lo pequeño y cotidiano. Saber renunciar a egoísmos, disculpar, ceder, sonreír. Buscar juntos el Bien.
¿Lo fundamental? Estar de acuerdo los dos en estas tres ideas y querer llevarlas a cabo juntos. Antes de casaros, hablarlo. Si no estáis de acuerdo, no vale la pena “quemar las naves”.

El amor se aprende

Cuando un matrimonio se rompe no existe una única causa, el fracaso suele suponer la concatenación de varias. Algunas tienen que ver con la personalidad y comportamiento de los cónyuges, otras son de origen más “teórico”. Es en una de éstas en la que me quiero detener hoy.

Son numerosas las parejas que se casan sin saber realmente lo que significa amar al otro. Muchos llegan al matrimonio con la idea, muy extendida en nuestro tiempo, de que amor y sentimiento son lo mismo, confunden el amor verdadero con el enamoramiento. Mientras el primero está más ligado a la voluntad y la libertad de la persona, el segundo supone más bien un dejarse llevar.

Creo que el enamoramiento es maravilloso y necesario para una relación satisfactoria de pareja. Sin embargo es un tremendo error situarlo como eje nuclear de la misma.

El amor verdadero se aprende y se practica. Supone buenas dosis de generosidad, humildad, entrega y búsqueda del bien del otro antes que del propio. Y esa misma dinámica conlleva premio ya que, como un boomerang, se vuelve hacia uno mismo haciéndole feliz.

El enamoramiento sin amor verdadero es egoista, centra a la persona en sí misma. Busca más la propia satisfacción que la felicidad del otro. Por eso es fácil estar enamorado, basta dejarse llevar. Amar es algo más complicado y apasionante.

El amor verdadero se aprende de manera natural cuando desde pequeños se encuentra sentido al sacrificio y la entrega en la familia. Aprende a amar el niño que ve cómo papá y mamá se dan el uno al otro sin echarse nada en cara, el que les ve sonreir ante las dificultades y contradicciones, las pequeñas de cada día. El que descubre la alegría de hacer pequeños encargos que hacen la vida más agradable a los demás.

Ese niño cuando sea adulto sabrá amar con amor verdadero porque lo ha aprendido y vivido desde pequeño. Por eso es tan importante la familia, porque aquello que nos hace más felices se aprende, de manera práctica, en ella.

La base del amor verdadero

En contra de lo que muchos piensan, la esencia del amor no es el sentimiento, no puede serlo, sino la voluntad decidida de buscar el bien del otro. Y esto independientemente de los estados de ánimo y de cualquier otra circunstancia. Claro que los sentimientos son importantes, pero en ningún caso pueden ser la base sólida sobre la que construir una familia; son un estímulo y hay que ciudarlos y fomentarlos.

La inteligencia y el sentido común deben ser los dueños de la casa. Como ya he escrito en varias ocasiones, hay que cultivar el amor cada día, en detalles pequeños. Y hay que hacerlo también en los momentos de desamor, cuando más cuesta. Es esta la base del amor verdadero, el que merece la pena.

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