Para quererse hay que rozarse

¡Que estupendas son las conversaciones entre amigos! Poder hablar y compartir ideales, sentimientos …. aquello que forma nuestro mundo interior. Estas buenas conversaciones enriquecen, ayudan a crecer, inspiran ….

Recientemente hablando sobre la dificultad del tráfico y las ventajas de uno u otro medio de transporte en una gran ciudad alguien afirmó: “a mí lo que más me gusta es la moto”, “claro -afirmé yo- es la mejor manera de evitar los atascos y de callejear”, la contestación me dejó asombrado y ha dado pie a este post: “no es por eso, me gusta ir en moto con mi marido, ir sujeta a él y rozarnos me ayuda a quererle más”

Hace algún tiempo escuché en una conferencia sobre #matrimonio: “se ha perdido mucho al sentarse en el salón en butacas separadas o grandes, puede que sea más cómodo pero sentarse uno al lado del otro a leer, ver una película o incluso navegar con la tablet fomenta el leve roce, el contacto físico que tan importante es para la relación conyugal”

¿Será casualidad que las protagonista de estas dos anécdotas sean mujeres?

¿Sabemos realmente cómo somos, sabemos amar? ¿Es posible mantener un amor sin tocarse y sin mirarse?

Decía Juan Pablo II que “el gran drama del hombre moderno es que ya no sabe quién es” ha perdido su sentido de interioridad. Pienso que esta idea es válida para saber y poder amar.

Para algunos el amor es sentimiento, para otros compromiso y voluntad. Ambas ideas son ciertas siempre que se consideren integradas en la unidad del hombre. Cuerpo, afectividad y voluntad deben ir de la mano si queremos amar como personas.

El roce, la mirada, la delicadeza, el detalle, el pensamiento positivo, ayudan a engarzar esas dimensiones que forman el amor. Somos cuerpo y somos espíritu y el gozne que equilibra todo es la afectividad.

Si queréis vivir un #matrimonio pleno y feliz, cuidar vuestra vida afectiva: miraros, rozaros, pensar bien el uno del otro, cuidaros y poneros guapos para él o ella. Ayudar a vuestros sentimientos para que empujen a la voluntad.

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En recuerdo de Belén Langdon

Estos días consideraba que una de las mayores virtudes que puede tener una persona sea posiblemente vivir enamorada, con la ilusión y el deseo de buscar lo mejor. Twitee hace unos días que las personas jóvenes son aquellas que tienen más ilusiones que recuerdos. Descubro cada día que las personas enamoradas recrean la vida, buscan lo mejor y lo comparten, crean a su alrededor un ambiente alegre y optimista. Son conscientes de las dificultades y de las tristezas, pero no les llenan de amargura sino que ellas las llenan de sentido. Las personas enamoradas son delicadas, luchan en lo pequeño porque saben que ahí se encuentra el amor. Buscan y dan sentido a cada detalle pequeño de la vida.

¿Dónde y como se forjan estas personas? No hace falta ir a ningún lugar especial, sin duda en la familia. Por eso la labor de ser padres es tan grande, es en la familia donde crecen las personas enamoradas. Se trata del lugar natural para descubrir y hacer crecer el amor, esas pequeñas luchas y cuidados que son un anticipo del cielo. Cada pequeño detalle de arreglo personal, del adorno de la casa, de la preparación de la mesa, de estar pendiente de los demás encuentra su sentido en el amor; no se pueden entender de otra manera.

Y en medio de estos pensamientos me sorprendía la trágica muerte de Belén Langdon, triste suceso que ha mostrado lo mejor de la familia. El testimonio de amor y fe de Nick y Yolanda, de sus hijos y de las compañeras del colegio nos interpelan y empujan para querer ser mejores. Es como si en medio de la tundra apareciera una flor, y otra y otra.

Tu vida Belén ha sido, lo se, una vida enamorada. Corta, pero enamorada. Por eso deja mucho fruto y paz y serenidad, en medio del dolor.

El amor se aprende

Cuando un matrimonio se rompe no existe una única causa, el fracaso suele suponer la concatenación de varias. Algunas tienen que ver con la personalidad y comportamiento de los cónyuges, otras son de origen más “teórico”. Es en una de éstas en la que me quiero detener hoy.

Son numerosas las parejas que se casan sin saber realmente lo que significa amar al otro. Muchos llegan al matrimonio con la idea, muy extendida en nuestro tiempo, de que amor y sentimiento son lo mismo, confunden el amor verdadero con el enamoramiento. Mientras el primero está más ligado a la voluntad y la libertad de la persona, el segundo supone más bien un dejarse llevar.

Creo que el enamoramiento es maravilloso y necesario para una relación satisfactoria de pareja. Sin embargo es un tremendo error situarlo como eje nuclear de la misma.

El amor verdadero se aprende y se practica. Supone buenas dosis de generosidad, humildad, entrega y búsqueda del bien del otro antes que del propio. Y esa misma dinámica conlleva premio ya que, como un boomerang, se vuelve hacia uno mismo haciéndole feliz.

El enamoramiento sin amor verdadero es egoista, centra a la persona en sí misma. Busca más la propia satisfacción que la felicidad del otro. Por eso es fácil estar enamorado, basta dejarse llevar. Amar es algo más complicado y apasionante.

El amor verdadero se aprende de manera natural cuando desde pequeños se encuentra sentido al sacrificio y la entrega en la familia. Aprende a amar el niño que ve cómo papá y mamá se dan el uno al otro sin echarse nada en cara, el que les ve sonreir ante las dificultades y contradicciones, las pequeñas de cada día. El que descubre la alegría de hacer pequeños encargos que hacen la vida más agradable a los demás.

Ese niño cuando sea adulto sabrá amar con amor verdadero porque lo ha aprendido y vivido desde pequeño. Por eso es tan importante la familia, porque aquello que nos hace más felices se aprende, de manera práctica, en ella.

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