Tres preguntas para saber si has madurado

Durante la adolescencia se dan una serie de comportamientos que están muy relacionados, por un lado con la inmadurez de la persona adolescente, y por otro con la fuerza con la que actúa la afectividad en todo ser humano.
La valoración afectiva de la realidad es, en todo ser humano, mucho más rápida que la racional; eso hace que el comportamiento de las personas inmaduras sea en muchas ocasiones tan poco racional. No son capaces de neutralizar y equilibrar ambas dimensiones.
La madurez humana se alcanza cuando se es capaz de atenuar los movimientos afectivos, los sentimientos, las pasiones y las emociones. El quid no es anularlos o reprimirlos sino atenuarlos, dejarles su espacio pero no permitir que sean dueños.
A grandes rasgos, el inmaduro permite la supremacía de lo apetecible sobre lo razonable, de la experiencia sobre el saber, de la imaginación sobre la lógica, del sentimiento sobre la inteligencia.
El inmaduro rechaza la autoridad ya que la ve como una imposición. Alaba la espontaneidad y lo confunde con “lo auténtico”. El narcisismo también tiene su nido en el inmaduro, esto hace que todo gire en torno al autoexamen, la introspección, lo que los demás piensan de mí. Todo para el inmaduro es lúdico y pasa por la satisfacción inmediata.
Escribo estas ideas mientras preparo una conferencia sobre la educación de la sexualidad en el adolescente. Me pregunto si este comportamiento inmaduro, lógico en el adolescente; no se da con demasiada frecuencia en personas que por su edad, debieran mostrar un comportamiento más equilibrado y racional.
Acabo con las tres preguntas anunciadas:
¿Eres capaz de actuar en contra de lo que te apetece haciendo caso a la razón?
¿Crees que la espontaneidad es lo autentico y que actuar de acuerdo a lo razonable es hacer teatro?
¿Rechazas lo “convencional” y cree que lo que más vale es lo último?

Una buena idea para mejorar la comunicación en el matrimonio

Son numerosos los problemas que genera una mala comunicación en cualquier ámbito de la vida. Lo que he dicho, lo que no he dicho, lo que has entendido, lo que debía haber dicho, lo que no debía haber dicho. Hay quienes se empeñan en relacionar la comunicación con decirlo todo, como si comunicar fuera solo cuestión de sentimientos o palabras.
Detrás de una buena comunicación hay mucho más que el decir o no decir. Podría haber escrito seis ideas para mejorar la comunicación en el matrimonio, también cinco, catorce o veinte. Pero el camino se inicia con el primer paso así que vamos con una sola idea: conocimiento propio y del cónyuge.
Difícilmente se puede mantener una buena comunicación con la pareja si no se tiene con uno mismo. Esto pasa por madurar como persona, conocer los propios dones y aquello en lo que se puede mejorar. Hay que saber estar a solas con uno mismo y exigirse tanto como perdonarse.
Tiene que haber un conocimiento mutuo, y esto pasa por ser transparentes, profundos. Ser capaces de compartir temores, alegrías, anhelos. Evitar aquello que puede herir al otro, y si hay que decirlo hacerlo con cariño y delicadeza.
Es curioso que la agenda personal se utiliza normalmente para asuntos de trabajo, ocio, amistades … y sin embargo no para el cónyuge. La experiencia nos indica que en numerosas ocasiones solo se hace aquello que ha sido planificado. Si no cerramos huecos para la vida de pareja, seguramente queden “los restos del día”.
Compartir que somos un equipo y tener la seguridad de que nunca nos dejaremos solos el uno al otro. No en la riqueza ni en la pobreza, ni en la salud ni en la enfermedad.
Y por último, cultivar el sentido del humor. No dramatizar, quitar hierro a las situaciones tensas cotidianas. Aprender a reírse de uno mismo, no tomarse demasiado en serio.
Bueno se supone que era una sola idea, pero al desarrollarla salen varias. Pues adelante con el camino, a mejorar la comunicación con quien más amamos.

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